Alquilando un apartamento en Toronto

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En mi trabajo como agente inmobiliario, represento tanto a caseros como a inquilinos. He oído historias de todo tipo, muchas sobre los caseros que nunca arreglan las averías y otras también sobre “inquilinos del infierno”, lo que en inglés se dice tenant of hell. A lo largo del tiempo en mi trabajo, me he encontrado de todo y he visto de todo. También empecé como inquilina durante muchos años, así que también tengo historias personales. Aquí os dejo algunas que si no fueran de risa, serían para llorar.

1. Una pareja que vivía en un apartamento recibió la notificación de que su renta iba a subir cuando estaban en el hospital. Ella estaba de parto de su primer bebé y el casero les había anunciado que les subía la renta. Un casero únicamente puede subir el alquiler una vez al año y sólo cuando ha pasado un año de estadio. La razón de la subida: había “un nuevo inquilino” en la vivienda. Evidentemente, esto no tuvo efecto legal pero la experiencia fue desagradable para la pareja. Un momento que debía ser tan feliz para ellos, se convirtió en algo estresante. La relación con el casero se volvió bastante difícil y al final, decidieron mudarse a otro lugar.

2. En el barrio de Sheppard, una señora con su hija alquilaba una casa. Esta inquilina tenía derecho a toda la casa, era un bungalow (una casita de una planta) y de aparcar su carro en la parte trasera. Hubo queja de los dueños de las casas de al lado: la parte trasera de la casa se había convertido en un aparcamiento. Esta señora alquilaba los espacios de aparcamiento por $100 al mes. ¡Estaba haciendo negocio! Los dueños decidieron desahuciarla, pero la inquilina se negó a marcharse. La cuestión llegó a juicio. Cuando la agente fue a la casa a hacer fotos del aparcamiento para tener una prueba, la inquilina llamó a la policía y la acusó de hacerle fotos a su hija para ponerlas en el Internet. En el juicio se llegó a un acuerdo con cláusulas confidenciales.

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3. Hace unos años, alquilaba un apartamento a una señora en Little Italy. En este caso, yo trabajaba y representaba los intereses del dueño. La señora era de mediana edad y vivía sola, aunque en el edificio había tres apartamentos además del suyo. El problema que tenía esta señora es que creía que uno de los otros inquilinos le había echado el mal de ojo y que ahora oía ruidos en la casa. Estaba super convencida de que había un fantasma en la casa que no la dejaba dormir. Parece un caso de risa, pero la verdad es que la señora se sentía emocionadamente muy afectada. Intenté hablar con el otro inquilino, pero la verdad es que era un tema bastante difícil de tratar. La situación no se solucionó rápidamente, sino que al final el inquilino “fantasma” parece que se marchó y todo volvió a la normalidad.

4. La empresa en la que trabajo alquiló una casa residencial a una empresa de coches en North York, al norte de Toronto. Era para un ejecutivo que venía de Japón. Todo parecía perfecto, pues la empresa pagaba el alquiler y no hubo ningún retraso en el pago ni ninguna queja del inquilino. Era un señor ejecutivo de una empresa internacional. El problema llegó al final, cuando la agente llegó a inspeccionar la casa. El inquilino se había marchado ya a su país, pero había, literalmente, destrozado la casa. El costo de las reparaciones estaba entre los miles de dólares. El dueño tuvo que demandar a la empresa por daños, pero ésta no quería hacerse responsable de los daños. Estuvieron varios meses de negociaciones hasta que, al final, llegaron a un acuerdo antes de ir a juicio.

5. Son increíbles los espacios y lugares que mucha gente alquila, especialmente si eres nuevo en la ciudad, no hablas la lengua y no sabes mucho sobre el mercado inmobiliario. Esta chica estaba alquilando una habitación en su apartamento y buscaba compañera, únicamente mujer, de piso. Aunque al principio parece algo sexista, en realidad es cuestión de comodidad, es más fácil ir al baño, por ejemplo, si compartes con una chica que si compartes con un chico. La dueña o la que estaba subarrendando tenía una serie de reglas: 1. No podías traer nadie a casa; 2. Sólo podías utilizar la cocina en el horario permitido; 3. No podías ducharte después de las 10 de la noche. Vaya, que a esa casa se le podía llamar “hogar dulce hogar”.

Sin duda, estas son algunas historias de las muchas que se podrían contar. He querido representar a ambas partes, a los inquilinos y a los caseros. Si tienes alguna historia que quieras compartir con nosotros, escribe un comentario o mándanos un email.

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