El cañón del río Barron o canoas para neófitos

SONY DSC

Es algo bien conocido que lo mejor que ofrece Toronto en verano es escaparse a uno de los muchos parques provinciales que están en los alrededores durante el fin de semana. Sólo hay que ver los atascos que se forman los viernes para salir de la ciudad. Entre las numerosas opciones, nosotros elegimos la parte noreste del archifamoso Algonquin park, el cañón del río Barron, un pequeño oasis, no tan concurrido como la parte sur del parque, perfecto para hacer un recorrido en canoa.

Llegar a Petawawa, que es la entrada al parque para comenzar el recorrido, ya lleva unas cinco horitas desde Toronto, la mitad de ellas por carretera de una sola dirección. Así que llegas con unas ganas de carbonizar marshmallows y mear en la naturaleza que no puedo explicar. Nuestra aventura iba a durar dos días y una noche de acampada; y estaba organizada por una de las muchas tiendas de alrededor del parque que se encargan de alquilarte todo el equipo necesario, te llevan al punto de partida y te dejan el coche al final del cañón para que lo recojas y te vayas corriendo cuando la vida salvaje ya te haya superado.

El comienzo del viaje no pudo ser más espectacular. Los trece del grupo (sí trece, para estar bien seguros de no ver ni un solo oso, alce o ardilla) cruzamos dos lagos de aguas esmeraldas con un sol radiante sobre nuestras cabezas. Nos permitimos parar en medio de uno de ellos a tomar el sol, hacer islas flotantes, jugar a salpicarnos… en fin, todas las tonterías que un buen urbanita hace en este contexto. Pero el bosque es sabio y durante ese primer día ya nos dio varios avisos de en lo que se podía convertir esa excursión inocente: Primer porte de canoas, 50 metros, pesan un poco ¿no? (¡No sabíamos lo que vendría después, inocentes!) División del grupo en dos, casi dos horas para volver a encontrarnos y primera lección de supervivencia: NO HAY COBERTURA.

Conseguimos una ubicación magnífica para acampar a las orillas del lago que teníamos asignado en la reserva. El despliegue logístico fue apabullante, en una hora surgió un campamento de los “Jóvenes Castores (Junior Woodchucks)”: carpas montadas, barriles con comida colgados en alto y un mini salón con fuego en medio. Como jugar a las casitas, vaya. El siguiente objetivo era alcanzar las High Falls para darnos un baño. Sabido es que no siempre la distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, pero nosotros nos fuimos por la geometría básica y atravesamos un bosque espeso sin sendero marcado. Antes de entrar entre la maleza, un buen Canadian curtido en el monte nos avisó de que tuviéramos cuidado con las poison ivy , en plan viejito-que-advierte-a-los-jovenzuelos-incautos en las películas de miedo. ¿Y cómo son? -preguntamos inocentemente. Nos mostró una. ¡Pero si esto es la planta más vulgar del mundo! ¡Todas son iguales! Sacamos todo nuestro valor y conseguimos llegar al otro lado llenos de arañazos y saltando como pajarillos sobre las puntas de los pies para evitar las poison ivy, que por supuesto, a nosotros nos parecía que estaban por doquier. Pero mereció la pena, la cascada nos dejó boquiabiertos. Era un parque acuático en medio del Algonquin, con jacuzzis  y toboganes naturales. Nos tiramos al agua como Brooke Shields y el de los ricitos rubios hacían en The Blue Lagoon. Comunión con la naturaleza absoluta, elevación del espíritu, los niños salvajes. Vaaale, no todo fue tan glamuroso, arrastrarse panza abajo sobre el escurridizo lodo cual babosa para poder salir del agua no era tan bonito.

BensonTam_Barron_0003

Después de una vuelta accidentada, recordad que no seguíamos un sendero, el merecido descanso. Fuego, alcohol, marshmallows, la clásica historia de miedo, ruidos no identificados, acompáñame-a-mear-que-tengo-miedo y macarrones con bolognesa de bote a tutiplén. Y por supuesto, alguien dijo aquello de “la comida en el campo como que sabe más rica ¿verdad?”, para rematar la faena. Show completo, primera parte.

Durante la noche, segunda, tercera y cuarta lección seguidas. Segunda: NUNCA, pero nunca, confíes en los servicios meteorológicos canadienses porque no aciertan ni con una hora de antelación. No sé si lo hacen por pura y cruel diversión o porque aquí el título de meteorólogo te lo regalan con una bolsa de pipas. Lo cierto es que ese mismo día por la mañana todo indicaba cielos despejados y calor pero lo que ocurrió es que empezó a llover por la noche y dejó de llover a las 8 de la tarde del día siguiente. Tercera: Si vas de acampada y tienes que hacer un recorrido importante al día siguiente, no te traigas el LCBO completo en la mochila y no te levantes a las 10 de la mañana. Cuarta: Si llueve, dale la vuelta a la canoa, básico.

La mañana del segundo día no fue tan brillante como la del primero, pasamos de Hobbiton

BensonTam_Barron_0004

…a Mordor en 8 horas.

BensonTam_Barron_0002

Aparte de la lluvia todo empeoró cuando a alguien, el más listo de todos sin duda, se le ocurrió mirar el mapa del camino que nos quedaba por recorrer, que tan sólo eran 5 lagos, un cañón y 6 portes de distancias tan asequibles como 750 m, 650 m o 400 m por caminos embarrados en cuesta llenos de piedras y raíces. Entramos en pánico, pero no había otra opción que ponernos en marcha porque el tema de la luz jugaba en nuestra contra y acampar empapados una noche más en medio de ese bosque ahora inhóspito no era plan atractivo para nada. Somos gente de campo para un rato, ¡pero sin pasarse! Sorprendentemente nos convertimos en el Equipo A, perfecta sincronización, eficacia y ni una mala cara. En ese momento entendí los beneficios del team building que siempre me habían parecido una soberana tontería. Alguien intentó quitar hierro al asunto diciendo que durante el tramo más largo, que era el cañón, no tendríamos casi ni que remar porque la corriente nos arrastraría. Horas más tarde nos acordamos todos de él con mucho cariño, porque la corriente debía estar rota ese día y la remada fue intensa.

Las lecciones se nos acumulaban durante el día. Quinta: Si vas a hacer canoas llévate dos sándwiches hechos y no toda la cubertería del IKEA. Sexta: Dios dividió a las personas en dos grupos, a las que les pican los mosquitos y a las que no. Si eres de los primeros en el campo de Ontario estás muerto. No hay nada que hacer, ni espray que echar, ni parche que poner, entrégate al sacrificio. Para los sensibles a los mosquitos hacer los portes con la canoa se convirtió en un verdadero martirio. Llueve, tú vas debajo de la canoa, qué bien, pero los mosquitos también, menos bien, y tus manos no están libres porque vas sujetando la canoa. Traducción: Festín de sangre fresquita para los insectos y tu cara como un Ferrero Rocher.

Tras 7 horas de esfuerzo brutal alguien vio los coches en lontananza. Como se puede suponer, el grito de júbilo fue ensordecedor. A pesar del sufrimiento durante la segunda jornada, entre porte y porte pudimos disfrutar de un Algonquin vacío por completo, de lagos brumosos repletos de nenúfares, del sonido de la lluvia sobre las copas de los árboles y del magnífico cañon del río Barron con sus castores y águilas. Mereció la pena de verdad.

En el camino de vuelta aún nos quedaba una última lección que aprender: En Ontario, si te sales de la 401, siempre que tengas oportunidad, echa gasolina y haz pis, no hace falta probar los límites del coche y de tu vejiga.

SONY DSC

Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn1Email this to someone