El efecto Toronto

1er concurso de narrativa TorontoEntero.ca
1er concurso de narrativa TorontoEntero.ca

Hola mamá, acabo de salir a dar una vuelta en bici por las playas del lago Ontario. Hace un día precioso y me he acordado de las excursiones que hacíamos los domingos cuando era pequeña por Bewl Water, del lago y del parque, donde nos tomábamos el bocata… Os echo de menos, pero aquí he conocido a mucha gente, todos como yo, de sitios diferentes y me encuentro a gusto. Os quiero mucho. Besos.

El whatsapp llegó anoche cuando estábamos durmiendo y no lo he leído hasta esta mañana. El domingo no podría haber empezado mejor, con este mensaje y la foto de Lucía. “Se la ve tan relajada, tan a gusto, tomando el sol en un descanso de su paseo…”, le comento a Peter. Estoy feliz por ella y satisfecha porque todo está en orden, todo está como tiene que estar. Además, aquí en Londres, hoy también luce el sol y hace un día espléndido para ir a pasear. Respiro hondo, doy un suspiro de satisfacción y canturreo Hoy puede ser un gran día de Serrat mientras preparo el café.

Toronto, quién me iba a decir a mí que mi hija, mi única hija, se iría a vivir a Toronto, al otro lado del Atlántico, tan lejos… “La historia se repite, Concha”, me comentan los amigos. Lo cierto es que yo, hace ya bastantes años, también hice las maletas un buen día y me marché a Londres, dejando a mis desconsolados padres y mi pasado en España para volver sólo de vacaciones. Ha llovido mucho desde ese día.

Sin embargo, lo de Lucía es distinto, hay una sensación de déjà vu en todo esto. Es como si el destino ya me lo hubiera anunciado cuando visitamos Toronto por primera vez en unas vacaciones a Canadá, hace seis años. En aquella ocasión, los tres tuvimos esa sensación de familiaridad que emana al instante de algunas ciudades, de algunas personas, que nos hizo sentir cómodos a pesar de no haber estado allí antes. Entonces, ya percibí que tarde o temprano, Toronto pasaría a formar parte de nuestra historia familiar y que sería una ciudad a la que siempre volveríamos. Hay lugares que marcan nuestra existencia de inmediato, algo así como un flechazo, un amor a primera vista. Los ingleses hablan de premonition pero en nuestra familia a esto lo llamamos “El efecto Toronto”.

Aquellas vacaciones en Canadá fueron distintas de la acostumbrada visita veraniega al sur de España con la familia y los amigos. Lucía, al final de su adolescencia, disfrutaba el ambiente de los shopping malls de Yonge y Dundas, de los innumerables Starbucks y del buzz callejero en Toronto. Quedó entusiasmada con el TIFF y soñaba con la idea de trabajar de voluntaria en el próximo festival para así poder ver todos los estrenos y conocer a las estrellas del cine. Creo que de ahí surgió su entusiasmo por el periodismo y el cine. Bueno, me alegra que haya hecho realidad su sueño, ahora trabaja para una revista de cine y entrevista a actores y directores que participan en el festival. Lo mejor es que no se pierde una película, ¡qué envidia!

A nosotros, sus padres, lo que nos atrajo de Toronto fue la sensación de espacio, las grandes avenidas de perfecto e interminable trazado, los mercados como el de Kensington, nada parecido al barrio londinense del mismo nombre; el distrito de Bloor-Yorkville, la comida, el modernismo del Harbourfront y el BATA. Sí, el único museo dedicado al zapato que conozco en el mundo y para mí una de las joyas indiscutibles de la ciudad. Zapatos italianos, romanos, de la Edad Media, Manolos… hermosas obras de arte, dignas de estar donde están, en ese maravilloso y entrañable museo torontiano.

Aquellas vacaciones canadienses marcaron un hito en nuestras vidas. A la vuelta a casa, Lucía empezó sus estudios en la universidad y se fue a vivir a otra ciudad. De repente nos encontramos con el “nido vacío” al que muchos amigos con hijos ya crecidos se referían con frecuencia y nos dimos cuenta de lo valioso que son los recuerdos de experiencias y lugares compartidos con las personas que queremos. Más valiosos todavía para nosotros porque sabíamos que, probablemente, no se volverían a repetir en mucho tiempo.

Sobrevivimos aquella etapa que nos preparó para aceptar otros cambios venideros, ahora ya realidad, de buen modo, con curiosidad y filosofía. ¡Ah!, siempre la filosofía que nos hace mirar hacia delante, ver y apreciar lo que nos rodea, en vez de volver la mirada continuamente hacia atrás y añorar el pasado. ¿Dónde estaríamos sin esa filosofía?

Ya voy por la segunda taza de café pero es domingo, así es que no hay prisa, podemos desayunar tranquilamente mientras vuelvo a mirar una vez más la foto en el móvil. Veo a mi hija con su largo pelo castaño, la brisa y el sol en el rostro, mirando al frente, decidida, segura y feliz. Lucía está en Toronto, donde le gusta estar. ¿Vamos a dar un paseo con el perro?, pregunta Peter. Es un domingo perfecto y, ¿por qué no?, si nos lo proponemos también puede que sea un gran día.

Matilde Gallardo

Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Email this to someone