Historias de Sugar Beach

Sugar Beach, Toronto.

Nos propusimos disfrutar de uno de los días del Indian summer, y nuestro objetivo era llegar a Tommy Thompson Park en bicicleta. Siguiendo indicaciones de Mr. Google, bajamos por el carril bici de Davenport Rd y seguimos por el de Rosedale Valley Rd. Éste, para nuestra suerte, era un sendero separado de la carretera que nos guiaba calle abajo entre árboles y puentes gigantes.

Todo precioso hasta llegar a Bayview… De repente, el camino quedó cortado por la transitada calle de Bayview, que más que una calle parece una autopista, donde los coches bajan lanzados y no hay ni margen para que pase una hormiga. Después de analizar veinte veces por dónde podíamos continuar sin tener que internarnos en la selva ciudadana, decidimos tomar uno de los caminos de “Discovery Walks” que teníamos justo al lado. Subimos unas 30 escaleras con la bici a cuestas, y salimos delante de un barrio residencial cuidado y tranquilo. Siguiendo hacia el sur, cruzamos Lake Shore y al final, llegamos a Sugar Beach. Una playa artificial que está justo al lado de la sede de los Juegos Panamericanos 2015 y delante del muelle de la fábrica de azúcar Redpath. Ya llevábamos una hora en bicicleta arriba y abajo, y decidimos que era un buen momento para comer algo.

Tiempo de aparcar las bicis y tirarnos en las hamacas de la playa. ¡Qué bien!, justo quedaron libres dos al margen de la multitud que aprovecha el sol y la playa… Y una vez sentada, bocata en mano, me puse a hacer esto que tanto me gusta… Observar.

Un par de hombres de avanzada edad, pero mostrando su torso cual adolescente que intenta ligar, se levantan dejando dos sillas libres. Dos mujeres aprovechan la oportunidad; rápidas, como gaviota que caza al vuelo un trozo de pan, se recuestan en las hamacas en cuestión de segundos. Aparentemente, todo normal, hasta que para mi sorpresa, los hombres regresan y empiezan a “conquistar” a las mujeres. Bueno, ¡por intentarlo que no quede! La conversación empieza a ser profunda cuando uno de ellos confiesa que había sido alcohólico, pero que por suerte, ahora ya no. Curiosamente, lo dice con una botella de licor en la mano, casi a punto de terminar. Hablan de Dios, de la rehabilitación, de las múltiples empresas y negocios impulsados por el “ya no alcohólico” que vieron su fin…

De las dos mujeres, la mayor parece estar bastante interesada en el tipo que ahora se recuesta de lado y fuma mostrando sus pocos dientes. Acepta la invitación de él, y también bebe. La joven, parece no estar muy por el asunto, pero también aprovecha para probar el licor…

¡Atención! El conquistador se lleva de la mano a la mujer mayor. No entendí muy bien si la cogía para demostrarle su amor a primera vista, o para asegurarse que pudiera dar un paso en firme. En menos de cinco minutos vuelven y ella sigue la conversación. Ahora toca hablar de los hijos… De un momento a otro, el conquistador saca una oferta de su bolsillo (ya he perdido al otro hombre de vista, quizá se dio por vencido viendo el nivel de la competencia). ¡Está invitando a la mujer a ir a Cuba a un viaje romántico donde lo más prometedor es que está “todo incluido”!

La conversación acaba con la paciencia de la mujer joven que se levanta diciéndole de todo menos bonito cuando él reconoce haber tenido algún “problemilla” de abusos sexuales. La mayor, parece no inmutarse y le pide su número de teléfono. Y llega el gran descubrimiento de la tarde… ¡Son madre e hija! ¡No puede ser!

La hija decide que es hora de irse y regaña a su mamá para que la siga. La madre, sin moverse, se queda conversando con el conquistador. Los dos están de acuerdo en que la joven es demasiado estricta y dura consigo misma… y él concluye con su diagnóstico “se nota que tiene miedo a las relaciones”…

Y yo, a todo esto, aun sin dar crédito a lo que acababa de ver y escuchar… Me imagino que si fuera guionista ¡ya tendría la sinopsis para una película de Hollywood! En fin… para mí, queda como uno más de los perfiles anónimos torontianos que tan bien caracterizan y definen esta ciudad.

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