La ciudad de los mil y un…

1er concurso de narrativa TorontoEntero.ca
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Érase una vez que se era, una dichosa mujer. Ella, se encontraba en una ciudad en la que, mirara por donde mirara – norte, sur, este y oeste – parecía no tener fin. Se trataba de un día soleado en el que no hacía ni frío ni calor en esa época del año que bien podría denominarse, “veroño”.

Esta mujer era una recién llegada. Curiosa por naturaleza y como cada fin de semana desde que puso los pies en la ciudad, decidió que ese día también saldría a investigar. Siempre le había gustado esa sensación de anonimidad, pero aquí era una sensación incluso más placentera. No sólo era una más entre la multitud, sino que era una multitud con la que tenía algo importante en común: el 50% de la misma era, como ella, extranjera.

“¿A dónde voy?” Se preguntó aquel domingo por la mañana mientras meditaba en ese sofá convertido en cama… Aprovechando que un rayo de luz entraba tímidamente en el sombrío sótano en el que vivía, decidió que era un buen día para caminar sin rumbo, para dejarse llevar.

Mientras caminaba, sonreía. Pensaba en sus familiares y amigos diciéndole: “¿Sabes qué se ve desde la torre más alta de la ciudad a la que vas? ¡No olvides sacar fotos desde allí!”. Lo que ellos no sabían es que los precios para subir a esa esbelta torre eran, como casi todo en esta parte del mundo, prohibitivos. Pero a la mujer no le importaba, ella buscaba rincones no tan conocidos, pero no por ello inexistentes. Estaba en el lugar perfecto. Había mil y un de esos rincones esperando a ser explorados.

Sus pies la dirigían. Iba hacia el este. Caminaba como una reina por la calle que llevaba ese mismo nombre. Se fijaba en las gentes, en sus miradas, en sus andares. De repente y casi sin darse cuenta, llegó a ese lugar, ese lugar que tanto le recordó a su pasado más reciente. Arena, agua, sol… Un millón de recuerdos tomaron forma en su cabeza, entre ellos, sus ojos color mar, aquellos ojos que la habían hecho soñar, aquellos ojos que la habían hecho vibrar.

Se quitó las zapatillas, ya gastadas, para seguir paseando. Recordó aquel día en el que le ofrecieron una oportunidad laboral que no podía dejar escapar. Recordó aquel día en el que tuvo que poner las cosas en una balanza, en el que tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de su vida.

Decisiones. ¡Hoy en día se nos presentan tantas ocasiones en las que tenemos que decidir! Mi madre, que es una mujer muy sabia, siempre me ha dicho que esa es una de las razones principales por las que la vida es hoy mucho más complicada que “en sus tiempos”. Sin embargo, no todo se reduce a una decisión. Hay circunstancias y situaciones en las que parece que fuésemos movidos por algo mucho más potente que el raciocinio. A mí me gusta llamarlo destino.

Por fin, la balanza habló. Me dijo que era el momento de un cambio de aires. Cuando las cosas no van del todo bien en un lugar, no hay nada mejor que verlas con perspectiva, y cuando esa perspectiva es además de mental, física; tanto mejor. Llegó el momento de despedirse, de decir “hasta pronto”. Tampoco estaba excesivamente preocupada. No hacía mucho tiempo que me habían hablado de una curiosa teoría que explica que unos hilos rojos imaginarios, unen, de alguna manera, a las personas destinadas a tener un trato afectivo especial (llámese amor, llámese amistad…). Lo curioso de este hilo es que se puede estirar y contraer, pero nunca se puede romper. Ahora nuestro hilo está tenso – 6000 kilómetros son muchos kilómetros – pero sigue unido, que es lo importante. Sigue vibrando de vez en cuando. Sigue manteniendo vivos dos corazones alejados en distancia, pero no en tiempo ni en sentimiento.

Además, hay veces en las que hay que saber filtrar, relativizar. En esta playa que tan poco se parece a la que vio crecer nuestro amor, pienso en todos los filtros diferentes que pueden existir. El filtro del café que acabo de comprar en una de esas cafeterías que tanto gustan por aquí, el filtro del cigarro que acompaña mis pensamientos, la arena, que filtra el agua que acaricia mis pies, el filtro de mis gafas de sol, que por irónico que parezca, me ayudan a ver con un poco de claridad y perspectiva.

Decido regresar. Esta vez prefiero perderme entre las mil y una calles que me separan de lo que será mi hogar durante unos cuantos meses. “La ciudad de los mil y un” es como me gusta llamarla. Los mil y un tipos de gente, de miradas, de andares, de nacionalidades, de cafés, de lugares…

Y cuando estoy llegando a mi casa, sonrío al darme cuenta de que no solo no he encontrado una respuesta a la pregunta con la comencé mi día, sino que tengo mil y una preguntas más. Pero no me importa no tener respuestas. Será el tiempo – o el destino – el que irá poniendo poco a poco las cosas en su lugar. Así que, mientras tanto, seguiré dejándome sorprender por la vida, seguiré saboreando cada minuto, esperando, eso sí, que el hilo rojo no se rompa, y que la historia que empezó con un “érase una vez que se era” pueda terminar con un “y fueron felices, y comieron perdices”.

Paula Gómez Santos

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