Gracias por el baile, Mr. Cohen

Por Lorca él comenzó a escribir libros, por él se hizo poeta, en él encontró su voz....
Por Lorca él comenzó a escribir libros, por él se hizo poeta, en él encontró su voz....

A estas alturas ya se habrán escrito todas las odas y casi todos los tributos y crecerán los obituarios junto a las flores en su casa de Montreal. Y en muchas calles del mundo, en un apartamento anónimo, alguien hará sonar una de las canciones de Leonard Cohen en su memoria. No como despedida. Sino por el privilegio de haber conocido y disfrutado la música del poeta canadiense de voz quebrada.

A Leonard, que nunca le gustó lo rápido, le gustaba ir despacio, no porque fuera viejo, sino que eso fue lo que su madre le enseñó, de repente todo le ocurrió en dos meses.

El pasado 21 de septiembre celebraba su cumpleaños 82. El 21 de octubre lanzaba su nuevo disco “You want it darker”. El 10 de este mes moría en Los Ángeles.

Inmortal y muy cómplice amigo que no conocí. Poeta exquisito antes que músico de voz grave. Vivió intensamente. En octubre, con su nuevo álbum dejó también, en un concierto en Los Ángeles, su última sonrisa pública entre bromas sobre su muerte.

Ese tsunami

Recuerdo la primera vez que me detuve a escuchar a Leonard Cohen. Era un hombre canoso ya, montado en los 70, su voz un susurro grave, más bien un desgarro rasposo. Y lo que más recuerdo fue lo que sentí en ese instante: Todo se detenía, afuera el mundo dejaba de existir para mí, la piel erizada mientras me sentía iluminada, elevada y a la vez atrapada contra la pared oyendo en la sala esa voz misteriosa, íntima, inequívocamente sensual.

Sonaba Dance me to the end of love. Embriagada, me dejé seducir por esa voz de tiza que me llevaba de la ternura a la agonía. Mientras avanzaba la canción, de manera inexplicable, me gustaba más y más. No era la voz de un hombre común aunque la letra tratara temas comunes y eternos. Era la voz de un hombre distinto, la de un hombre que sabía algo que otros desconocían y se acercaba íntimamente a mí para explicarme al oído su misterio.

Sucumbí.

Y lo amé de una vez reprochándome haberlo descubierto tan tarde. Pensando en todos esos años que me perdí de disfrutarlo. Queriendo como él ser pájaro en el cable, me entregué a buscar por internet su discografía, su obra, su vida. Con sed y deleite por lo que iba encontrando. Él lo confesaba todo mientras yo lo escuchaba protestar, quejarse, alegrarse, relamerse las heridas más profundas, o recordar a un viejo amor.

Entonces amé también a Marianne y Suzanne, sus dos grandes amores.

Quise ir al Hotel Chelsea y asomarme en la ventana del número 2 sólo porque él pasó allí una noche con Janis Joplin a quien entregó una de sus más honestas y crudas confesiones hechas canción llamada “Hotel Chelsea”, y con ese hombre que tantas veces me decía ser mi hombre en “I´m your man”, quise bailar hasta que el amor acabara.

Esa canción, con “Wild is the de wind” de David Bowie y “Ne me quite pas” de Jacques Brel, son las más hermosas canciones de amor jamás compuestas.

Devoción por Lorca y España

Por él volví a enamorarme de Federico García Lorca, el gran poeta español. Cuando ganó en 2011 el premio Príncipe de Asturías a las Letras, en un discurso memorable, confesó deberle su voz de poeta a España. Por Lorca él comenzó a escribir libros, por él se hizo poeta, en él encontró su voz, no en los poetas ingleses que había estudiado con devoción antes. Y contó que toda su música estaba basada en los 6 acordes de guitarra que un joven español le enseñara en Montreal durante su juventud. Apenas 4 lecciones recibió, el joven desconocido se suicidó antes de impartir la quinta. Como tributo llamó a su hija Lorca. Y versionó el maravilloso “Pequeño vals vienés” de Lorca y traducido Enrique Morente.

Carne y Dios

Leonard era esa voz áspera, dura, quebrada. Y a la vez plena de ternura, de lirismo, de soledad.

Sus letras un compendio de sexo y pecado, carne y Dios, religión y deseo en llamas. Soledad, amor, infidelidad, escepticismo. Todo servido en una misma copa. Un hombre que siempre cantó con corazón y emoción. En Grecia, en los años 70, detuvo a la mitad un concierto porque al cantar no sentía las letras. Regresó al escenario y lo terminó llorando. Con el público llorando también.

En un mundo tan caótico y teledirigido, la música de Leonard Cohen es una colección de confidencias casi personales. El amigo al que acudir cuando los otros de carne y hueso están ocupados. El hombre que nos da su misterio sin revelarnos todo. Que nos acaricia cuando flaqueamos o nos devuelve la crudeza de la vida cuando la miel se posa en nuestra manera de pensar.

Escuchen “Everybody knows” o “Future”. O su himno inmortal “Hallelujah”.

Cuando la humanidad está buscando refugio en los albañiles de la historia, el verso brutal y la voz profunda de Cohen nos recuerdan que todavía somos humanos. ¡Aleluya!

Novelas de 6 minutos

Se marcha pero nos deja poesías cantadas. Más bien novelas de 6 y 7 minutos susurradas con su voz de carraspera. Lo recuerdo en su conciertos de la última gira realizada en 2014 por Europa, como siempre vimos al hijo del sastre, perfectamente vestido, a lo Gary Grant, y siempre acompañado de un impecable sombrero negro.

Nos deja canciones que solo envejecen como los buenos vinos de Borgoña. Pero ¿saben qué es lo mejor que nos deja Leonard? El gusto de sentir sin miedo a ser vulnerables.

Uno se siente feliz de haber nacido en el mismo mundo de Leonard Cohen.

Gracias por el baile, Mr. Leonard. También por el legado de verdades, confidencias, por comunicarnos lo desconocido, por el tsunami de emociones oyendo tu voz y por tu música abrasiva y visionaria.

El amor de Dios te acompañe.

Seguiremos juntos.

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